"Cuando salí del anfiteatro lo suficiente como para abarcar con mi mirada aquel cielo desconocido, vi que la luminiscencia provenía de un astro acaso cien veces más grande que nuestro sol, pero cuyo desfalleciente brillo indicaba que era uno de esos astros ya cercanos a la muerte y que, con los úlitmos restos de su energía, bañan los frígidos y abandonados planetas del universo con una luminosidad semejante a la que, en la oscuridad de una gran habitación, produce una chimenea cuyos leños se han consumido y apenas perduran las brasas finales, rodeadas y casi apagadas por las cenizas; misterioso resplandor rojizo que, en el silencio de la noche, nos sume siempre en pensamientos nostálgicos y enigmáticos: vueltos hacia los más profundo de nuestro ser, cavilamos sobre el pasado, sobre leyendas y países remotos, sobre el sentido de la vida y de la muerte hasta que, ya casi totalmente adormecidos, parecemos flotar sobre un lago de imprecisas ensoñaciones, en una balsa a la deriva que nos lleva sobre un profundo y crepuscular sueño de aguas apenas vivientes."
- Capítulo XXXVI, Informe sobre ciegos, Ernesto Sábato

